El valor de la gratitud.

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¡Estoy agotada y lo único que quiero –necesito, más bien- es que se duerman mis hijos de una vez por todas!

Generalmente, quienes tenemos hijos pequeños vemos las últimas horas del día como la luz al final del túnel. Esos “últimos” minutos de andar corre y corre para poner pijamas o perseguirlos para que ellos solos se la pongan, se laven los dientes y se metan a la cama sin chistar esperando que al apagar la luz y cerrar la puerta no se vuelvan a salir de ahí, parecen los minutos más largos de la historia, sin embargo, siempre será importante cerrar el día con nuestros niños antes de cerrar la puerta de la habitación.

Cerrar el día no es más que tomarse unos minutos para estar en calma y recapitular sobre lo más relevante que nos sucedió durante el día, agradecer por todo lo lindo que vivimos y también por los aprendizajes que nos dejaron las cosas no tan agradables que nos sucedieron.

Personalmente, creo que este “ritual” es muy importante para la relación papás e hijos: es el momento en que los papás tenemos la oportunidad de brindarles (una vez más) tranquilidad y seguridad antes de dormir, haciéndoles saber que cuentan con nosotros y que estamos con ellos escuchando sus reflexiones (qué vivencias les gustaron y cuales les generaron angustia, enojo o alguna otra emoción sobre la cual trabajar de ahora en adelante) conociendo cuáles son sus anhelos y/o preocupaciones cuando también le piden al niño Dios sobre cuestiones específicas, pero sobre todo, es el espacio perfecto para hacerles cariñitos compartiendo en silencio, disfrutando el momento y nada más.

 

Cuando educamos en valores, nuestros niños crecen en la parte humana más rápido que como lo hacen físicamente, su corazón se agranda y destilan amor por todo el cuerpo, en sus acciones, con sus sonrisas y hasta sus travesuras tienen ese toque mágico que los hace aún más especiales. Enseñarles el valor de la gratitud les permite disfrutar hasta los más mínimos detalles y no solamente las cosas materiales, los hace más receptivos a las cosas que los rodean pues aprenden a darle un valor significativo a que hubo un día soleado y que por ello pudieron salir al parque, a que Sofía y Pablo vinieron a la casa a tomar onces, que papá llegó temprano del trabajo y pudieron cenar con él (agradeciendo que papá tiene un trabajo y que jugaron un ratito con él antes de dormir)… La lista es inagotable, pero los niños aprenden que las cosas no estarán ahí sólo porque sí y, por el contrario, valoran cuando las tienen.

Gracias a Dios, mis hijos ya están dormidos y puedo escribirles estas palabras mientras -con calma- me tomo un café que estará calientito hasta el último sorbo: agradezco que mis niños hayan llegado a poner caos y más alegría a mi vida.

Luz del Carmen Flores Alcázar, Blanco&Negro

 

 

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