Cuando mi hija me regañó, aprendí.

regano

Cuando creí haber perdido la razón, mi hija de 3 años me hizo encontrar la manera de razonar de nuevo. Enloquecida y estresada porque el bebé lloraba y ella no quería hacer la tarea, grité. En ese instante, la cara de susto y decepción de mi hija me hizo sentir la peor mamá del mundo pero, lo que más me dolió fueron sus palabras: “Mamá, no me gusta que me grites”.

La reflexión llegó de manera repentina y como balde de agua helada sobre mi cabeza. Mi hija tenía todo el derecho de exigirme que no le gritara pues, aunque sea su madre, no tengo por qué hacerlo. Decidí hacer un trato (últimamente esa es la manera en que ella y yo nos comprometemos para realizar ciertas actividades) después de pedirle una disculpa seguida de un gran abrazo lleno de arrepentimiento.

Los niños entienden, son sabios. Bajo esta premisa inicié entonces la siguiente reflexión: Mamá: ¿Sabes por qué gritó mamá? Arisa: Sí, porque no hago caso. Una vez dicho lo anterior, empezamos a hablar dejando a un lado dos palabras terribles que lejos de reformar sólo causan miedo: regaño y castigo. Empezamos a hablar de CONSECUENCIAS.

Me tomé el tiempo necesario para explicarle a mi hija que las consecuencias no son otra cosa sino la respuesta a nuestras acciones, ya sean buenas o malas. Puntualicé que si queremos consecuencias positivas debemos hacer cosas buenas, hacerlas bien o, en su defecto, recapacitar en el momento, pedir una disculpa, reconocer si hemos hecho mal, en fin. Cerramos la charla con un pacto: ambas estaríamos dispuestas a ceder. Ella haría caso y yo dejaría de gritar, así podríamos entendernos.

Esto ha servido para mejorar la relación entre las dos. Es obvio, la manera natural de comunicarse no es con gritos ni con amenazas, tal como sucede cuando hablamos de castigar y regañar ya que los niños, con estas medidas, sólo actúan por miedo a que les quitemos un juguete y no realmente porque estén interiorizando la importancia de hacer o no ciertas cosas, de pedir una disculpa, de ayudar, etc., en cambio, al hablar de consecuencias, los niños aprenden a reflexionar y a pensar antes de hacer (o no) las cosas. También, las consecuencias nos permiten establecer parámetros de comportamiento, por ejemplo: si brincas en el sillón (además de no estar permitido en casa), como consecuencia tendremos un mueble maltratado y un golpe en la cabeza. Si te pegas en la cabeza, puede salir un chichón o si es muy fuerte puede salir sangre y, tal vez, tengamos que ir al doctor. Y, si esto pasa, quizá no podamos ir a nadar el fin de semana.

 

Hablar de consecuencias nos invita a pensar y a dialogar con los hijos. Evitemos usar los castigos y los regaños; utilicemos la capacidad de razonamiento de nuestros niños, enseñémosles a pensar y a hacerse responsable de las cosas que hacen o dejan de hacer, teniendo en cuenta que nuestro papel es educar. Eduquemos con amor y paciencia, que es lo que ellos se llevarán consigo el resto de su vida.

 

Luz del Carmen Flores Alcázar

Centro Infantil Blanco&Negro

 

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